viernes 25 de marzo de 2011

Mientras me quito el maquillaje…


Los focos se han apagado, a su vez los aplausos. Me retiro. Estoy en una habitación con una tenue luz. Muy floja. La del día a día. Abro el neceser, allí tengo las toallitas desmaquillantes.

Poco a poco el maquillaje desaparece. El rostro vuelve a ser natural. La sonrisa se apaga. La luz sigue oscura. Empiezo a pensar. Hoy he actuado con mareos y bastante dolor de cabeza. Lo he intentado disimular, no creo que se haya notado excesivamente. He probado juegos nuevos. Tal juego ha sido frío, hay que trabajar más la presentación. Tal juego se ha hecho largo. Tal juego ha funcionado muy bien. El dolor de cabeza ha creado estragos en el último número. El final ha sido extraño. Me he desconcertado. Otras veces va mejor, pero tampoco ha ido mal. Me siento feliz. Trabajo en lo que me gusta, quien me lo iba a decir. Había amigos. Que más se puede pedir.

El maquillaje ha desaparecido. A su vez, la sonrisa postiza, la simpatía del personaje ya no existen hasta que se vuelvan a encender los focos. Me acabo de lavar la cara. La fría agua toca mi rostro. Es la señal inequívoca. El espectáculo se ha terminado. Me siento feliz. Trabajo en lo que me gusta, quien me lo iba a decir. Había amigos. Que más se puede pedir.

Las maletas ya están en el coche, preparadas para su próximo viaje. Miro la escena por última vez en la noche. Estoy satisfecho. La sonrisa pícara aparece al volver a pensar, algún día aparecerá. Algún día levantaré la vista desde el escenario y… ¡que feliz sería! Vuelvo a pensar. Me siento feliz. Trabajo en lo que me gusta, quien me lo iba a decir. Había amigos. Que más se puede pedir. Sí. Algo más se puede pedir.

Buenas noches.

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