
Un único grano de arena, por si solo no pesa. Un único grano de arena que te cae encima mientras estás encerrado en un reloj de arena, pesa mucho. Encerrado, sin salida, grano tras grano cae, y pesa. Ves la salida, pero no sabes si la puerta está abierta o cerrada. Mientras, un grano tras otro sigue cayendo, y pesando.
Hay veces que se ve una luz. La luz deslumbra como nunca. Llena de vida, de alegría, de bienestar. Otras, no se ve nada. Un profundo pasillo oscuro. Me planteo travesar el pasillo, llegar al final. Pero si la puerta está cerrada, no sé si seré capaz de volver.
Los granos de arena siguen cayendo. Casi no puedo respirar. Hoy no hay luz. Ayer deslumbraba. ¿Y mañana? Quién sabe. Con luz es más fácil, pero deslumbra tanto que no sé si es mi puerta o no. ¿Y si no es para mí? Como pesa la arena… ¿Qué habrá en la salida del reloj? ¿Es mi salida o tengo que seguir buscando? No lo tengo claro. Quiero coger esa puerta, estoy convencido. Tengo ganas de comenzar a andar por el pasillo, oscuro o deslumbrante, quiero andar. Lo que no tengo son fuerzas. Me siento derrotado. ¿Y si ando todo el camino para nada? Si se volviera a encender la luz…. Pero… ¿De qué serviría? Quedaría deslumbrado de nuevo, tendría más fuerzas, pero el miedo seguiría. La arena no se termina. Pero no tengo fuerzas. No me atrevo.
Me siento, pienso, recuerdo lo que dije un día: por imposible que sea lo podemos hacer realidad. Si se lo he aconsejado a otros, ¿Por qué no me hace efecto a mí? Tendré que ser valiente. Esperaré la luz. Que me vuelva a deslumbrar. Andaré a paso firme. No volveré atrás. Me queda poco en el reloj. No sé si será un adiós para siempre o una simple excursión, pero dejaré atrás el reloj y andaré hacia la luz… cuando vuelva a aparecer.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada